En otras ciudades, cuando llueve, la gente dice “¡qué rico clima!”
Aquí en Chihuahua decimos “¡se va a poner feo esto!”. Porque sí, aquí una nube gris no es motivo de romanticismo, sino de pánico. Y no es exageración: en esta ciudad cuando cae una gota, es el equivalente a activar el modo caos.
Todo comienza con un olor raro, como a polvo mojado mezclado con angustia. Luego truena el cielo y ahí empieza la danza. El grupo familiar de WhatsApp se activa: “está lloviendo en el centro”, “se va a venir feo”, “cierren la ventana del cuarto porque se mete el agua”, “acá ya está lloviendo, ¿cómo está allá?”
Y en menos de lo que canta un gallo mojado, las calles se convierten en arroyos, los pasos a desnivel en piscinas olímpicas, y los baches en trampas mortales llenas de misterio y profundidad.
Los carros se detienen, los semáforos parpadean como si fueran discoteca, y uno que otro valiente intenta cruzar la calle… sin saber si está pisando pavimento o el fin de su estabilidad emocional.
¿Y la luz? Desaparece. Adiós aire acondicionado, adiós Netflix, adiós cargador del celular. Aquí la lluvia no nomás moja: suspende la vida.
Y no falta el clásico valiente en short y chanclas, que sale con una escoba a intentar desviar el agua de la cochera como si fuera Moisés. A ese compa, hay que hacerle un monumento.
Eso sí, también está el lado bueno y de quienes se emocionan: los niños porque pueden correr en el lodo, las señoras porque “ya hacía falta” y los señores porque “así se riega el zacate sin pagar agua”.
Pero fuera de eso, hay que decirlo: Chihuahua y la lluvia no se llevan. Nunca hemos sabido qué hacer con el agua que cae del cielo.
Porque aquí estamos preparados pa’l calorón, pa’l frío desgraciado, pa’l viento extremo alv… pero pa’ la lluvia, nomás no.
Y lo peor: a los cinco minutos ya volvió a salir el sol como si nada, y uno con el pantalón mojado, el zapato aguado y el alma humillada.
¿Será que el agua no nos inunda… sino que nos exhibe?
Saludos de tu amigo y vecino: SobrePeso Pluma.

