El pasado domingo 10 de octubre de 2025, estábamos Alejandro Grajeda y yo sentados en el patio de mi casa. El clima estaba fresco, había aire frio, pero pegaba en nuestra mesa el sol de las 4 de la tarde. Llegaba, en ciertos momentos, el olor del incienso que había prendido y enterrado en una de las macetas detrás de nosotros. Nos rodeaban paredes blancas de concreto, pero las decoraban las plantas que estaban colgadas en ellas. Frente a nosotros se veía la ventana que daba a la cocina, dónde se asomaban las flores que me había dado unas horas antes por la comida que íbamos a tener.
Habíamos terminado de comer, seguíamos sentados en las sillas replegables de metal con mis piernas sobre las suyas. La plática se dirigió a su juego de futbol que tuvo en la mañana. Hablamos de que la calidad de este juego no se comparaba con la de su equipo en Portugal; el Club Delaes. Delaes es un club de fútbol en Villa Nova de Famalicão, fundado en 1975. En la plática, su tono connotaba nostalgia, descontento. Le pregunté: ¿cuál ha sido el mejor partido que has tenido? Y respondió:
“Era 2023. Nos dijeron en la academia que íbamos a jugar con la sub-23 del S.C Braga en febrero. Desde ese 6 de enero que el míster (entrenador) nos avisó, tuvimos, semanalmente hasta el 25 de febrero, sesiones de análisis del juego de los portugueses”.
Pregunté la importancia del equipo, pues yo no sé mucho de futbol. El S.C Braga under – 23 es un equipo que juega en la “Liga Revelacao” o Liga Revelación, que es la liga de jugadores jóvenes que están proyectados a ser primera división. Algunos de ellos ya juegan en equipos de primera, y todos son pagados y tratados como profesionales. En ese momento eran el no.4 en la liga, y algo que los caracterizaba es que tenían años jugando juntos. Eran un equipo fuerte, unido y sobre todo, sin nada que perder.
“El partido fue amistoso, nos dieron oportunidad porque habían visto que, a diferencia de otros equipos de nuestra categoría, nosotros teníamos una buena dinámica entre nosotros, buena comunicación, etc. De hecho, cuando nos dijeron que íbamos a jugar con ellos, esas semanas de espera nos volvieron más unidos, nos entendíamos mejor, y en general mejoramos mucho como equipo.
Se llegó el día. A las 4:00 pm me empecé a alistar, a las 5:00 era la concentración para irnos para Braga. A las 5:30 ya íbamos en camino. En el camión, esos largos con asientos de tela, iba sentado enseguida de Julio Reyes, Julito, era el otro mexicano del equipo. Vi las caras de todos, venían nerviosos, emocionados, yo sé el enfoque de todos estaba únicamente en lo que estaba a punto de suceder.
Desde que entramos a la ciudad se veía el complejo que tiene el club, estaba gigante, ahí tienen los diferentes campos para los diferentes equipos, los gimnasios, la alberca y las oficinas. Llegamos a las 6:00 en punto. Justo cuando veníamos llegando nosotros venían llegando algunos jugadores en sus carros deportivos, con su maleta de cuero en mano, ropa de marca. Los vi y ni si quiera me dio envidia, pensé en lo buena que era esta experiencia”
Hizo una sonrisa de lado, levantó las manos con las palmas hacia arriba, frunció el ceño en incredulidad y se le abrieron los ojos mientras decía lo último. Había visualizado su vida como la de ellos y la estaba viendo en carne y hueso. Al final, esa imagen era el sueño de cada uno de los pasajeros en el camión donde iba, ser pagado por hacer lo que más les gustaba hacer.
“…nos pasaron por un pasillo con techo negro, piso de mármol y paredes de ventanales que nos dejaba ver los diferentes campos que tenían. El señor que nos recibió nos llevó al campo en el que íbamos a jugar.”
Hizo una pausa para aclarar,
“Antes de todos los partidos, una de las cosas más importantes es ir a ver el campo. Me visualizo jugando, me imagino los movimientos, las posiciones. Además, ese estaba perfecto, el “relvado” natural parecía alfombra de terciopelo bajo la luz blanca intensa. Esos son campos a los que se les da mantenimiento diario, por eso el pasto se veía así. Nos dieron 20 minutos ahí, cada uno tenía su manera de estar, algunos escuchaban música y otros rezaban.”
Seguía haciendo aire frio, ahora el sol estaba bajando y empecé a escucharlo recargada en su hombro.
“(levantando su mano en una pose relajada para hacer ademanes que acompañaran el ritmo en lista) Pasamos a los vestidores, teníamos el asientito para cada uno con su locker y los utileros ya habían puesto los uniformes, tachones y espinilleras. Nos lo dejaron listo para que llegáramos y nos cambiáramos. (reflexionando) Fíjate que eso me gustaba, me hacía sentir profesional, (pausa) algo que aquí nunca voy a encontrar.
Mi número siempre fue el 5. Una motivación para mí era que además de tener listo mi uniforme ponían el gafete de capitán. Eso me subía la confianza y la inspiración. Todos ahí éramos importantes, pero yo era el que, si alguien se caía, iba y lo levantaba; si alguien dudaba, le afirmaba que merecía estar ahí; si necesitábamos motivación, yo era el de las palabras”.
Lo dijo calmado, en vez de enérgico. Porque lo conozco, sé que no le hubiera gustado demostrar lo orgulloso que se sentía de haber sido capitán de ese equipo. Además, se erguía mientras lo decía.
“Diego Vertis y William Ortiz, los dos de Perú, eran los que siempre ponían la música en los vestidores. Ponían reggaetón, reparto, música brasileña, rap francés, todo tipo de música porque había de todo tipo de países. Por ejemplo, les preguntaban a los de República Democrática del Congo que sí que música escuchaban para agregarla a la lista y que también se prendieran.
Se terminaron todos de cambiar y luego viene Julito conmigo. Teníamos un ritual: siempre me ponía el gafete en el brazo izquierdo. Quien sabe porque o desde cuándo, pero era algo que siempre hacíamos.”
Cuando habla de Julito, siempre lo hace con una sonrisa. Me dijo el discurso que les dijo, o al menos que algo así era:
“Pudiera parecer que ellos tienen todo y que nosotros tenemos todo que perder, pero la realidad es que no nos conocen, no saben quiénes somos ni que traemos. Recuerden de dónde vienen, quienes son, qué es lo que quieren, para que cuando salgan vayan y se partan la madre, fallar no importa mientras vuelvan a intentar. El que entre de inicio, de cambio, 15 minutos, o 40, trate de hacer el mejor partido de su vida. Hazlo por ti y por quienes amas. Aquí corremos por todos. Si ganamos es por todos y si perdemos también es por todos.”
Terminaron con un grito que sacó toda tensión que pudiera estar dentro de ellos.
La tarde pasaba lenta, parecía que el tiempo se detuvo y lo único que se novia era la luz, que decoraba empezaba a cambiar el cielo de colores anaranjados a colores rosas y azules. Empezó la parte del partido. Cambié de posición para verlo bien. En eso salieron mis perras y se sentaron en el piso. Nos sentamos las 3 a escucharlo hablar y ver cómo se le llenaba el cuerpo de emoción.
“Llegamos al túnel oscuro que tenía una mancha verde y luces blancas al fondo. Estábamos en fila india,”
¿Qué es fila india? Le pregunté
“Una fila vertical pues” me dijo volteando los ojos.
Le voltee los ojos de regreso.
“Estaba un equipo de un lado y el otro de otro. Yo iba hasta enfrente porque era capitán. En eso, volteo lentamente a mi derecha y veo a un francés de 1.90, volteo la mirada de regreso al frente. Aunque media 20 cm menos que él, no me achiqué en ningún momento.
No es fácil aceptarlo, pero la verdad es que estaba muy nervioso y tenía miedo a fallar. De todos modos, me tomé un momento, respiré y recordé mis palabras clave: RECTO, BOCA CERRADA, MODO AVIÓN.”
¿Cómo que modo avión?
“La mejor manera de jugar es con instinto, había entrenado y analizado el juego antes y ahora solo era jugar. Me paro derecho, me pongo serio y dejo de sobre pensar. Si soy seguro como líder, el equipo será seguro también. Ellos creen en mí y no voy a achicarme por nada. Mi trabajo y mi esfuerzo me dieron el lugar en dónde estaba.
Ya, pasan los árbitros, le seguimos los equipos. El estadio no tenía audiencia, estaban vacías las gradas. Era un partido de entrenamiento en el que solo entrenadores, técnicos y jugadores estaban presentes. Empieza el partido a las 7:00 de la tarde.
El Braga empieza con mucha confianza, se les notaba agrandados. Toque, toque, ellos traían la bola.
Yo juego lateral izquierdo y cómo ya había hecho el análisis de los jugadores, ya sabía que iba contra un seleccionado nacional de la sub-23. No me importó, a mí me gusta hablarles; le dije “ven, llégale, quiero que lo intentes”. Eso me levanta bien impresionante, entonces había momentos en los que él me ganaba en el 1v1 pero nunca me rendía, y hubo otros momentos en los que yo le ganaba. Haz de cuenta que me prendí.
Les dije al equipo: defender, presionar, jugar más arriba. Era lo que hacíamos porque ellos traían dominio de la pelota, presionaban de una manera impresionante, recuperaban el balón muy rápido, tenían un juego super fluido. A los 10 minutos de juego, el delantero colombiano Julio Salamanca salió disparado a querer quitarle un pase a los jugadores del Braga y le termino llegando fuerte a uno de ellos. No era necesario, pero fue la manera de Julio de decirles que ellos no venían a jugar y que dejaran sus arrogancias, ellos entendieron el mensaje al mostrarse desconcertados.
De ahí le empezaron a meter mucha intensidad. Atacaban mucho, llegaron mucho a la zona de peligro. Fácil los primeros 30 minutos del partido fueron puro defender. Cuando veíamos oportunidad, retomábamos el balón y yo le decía a mi equipo “calma, métele intención al pase, si ya no puedes despéjala”. El partido seguía intenso, se empezaron a calentar y empezaron a haber muchas faltas.
Estábamos a 5 minutos del medio tiempo y meten su primer gol. Fue un cabezazo en diagonal de la portería; le hicieron un pase desde el centro, saltó y lo metió. El portero ni chanza tuvo de tocarla. Se chocaron manos, pero no lo festejaron, un gol cualquiera.
Nos fuimos al vestidor. Estábamos de acuerdo todos que no estábamos jugando lo que sabíamos porque no nos dejaban. Les dije que le siguieran metiendo intensidad. Estaba seguro, tenía el presentimiento que íbamos a anotar, les dije “en la primera que la caguen, va a ser nuestra oportunidad de meter gol”. El entrenador cambio la estrategia que habíamos preparado desde semanas antes y volvimos a salir a jugar.
El partido se empezó a sentir más ligero, teníamos más la pelota.
Minuto 60, ellos dominaban el juego, encontraban los huecos y estaban presionando. tenían. Esos últimos minutos empezaron a cambiar a los jugadores, los de la banca entraban con la misma intensidad del partido desde calentamiento.
Hubo una jugada que acabábamos de recuperar la pelota, empezamos a tocar, presionábamos. (empieza a construir intensidad) En eso Estany Vadil (Congo), que estaba jugando de extremo derecho, rompió a máxima hacia adentro con la bola y Julito la recibió, le regresó un pase filtrado a Vadil, y entre el centro y la banda recibió de vuelta la pelota y fue solo contra el portero. Cuando este salió de su área para salir a achicar, Vadil hizo un tiro bombeado (me agarra de los hombros y me sacude)¡Y METIO GOL! Todos fueron a festejar. Ese gol fue EL GOL; resultado de trabajo, unión, propósito.
El equipo del Braga empezó a discutir y escuché que se dijeron “hagan bien su trabajo”. Siguió el partido, tuvimos otro intento de gol, pero el portero la alcanzó a tapar.
Faltando como 7 minutos de partido, Braga estaba atacando, y en eso Isaac hace una falta: le metió el pie al jugador que iba a encarar la bola y el jugador se tiró. Ese error se convirtió en un tiro libre a favor de Braga. Se puso la barrera. El jugador que tiró, según el análisis, hizo uno cómo ya lo había hecho antes y lo metió.
A diferencia del primer gol, celebraron bien. Para mi significo que estábamos a su altura, les dimos un gol por el que tuvieron que batallar. Ahí supe que tanto en individual como en equipo estábamos hechos para un proyecto mucho más grande.
Termino el partido, fuí a reconocerlos, les di las gracias por haber jugado. Me contestaron “Tu mexicano, juegas bien”. Con ese reconocimiento, sentí que algo estaba haciendo bien en la vida. Finalmente, fui con el que estaba jugando de extremo contra mí y le dije que si podíamos intercambiar playeras y me dijo que sí.”
¿Qué significaba la playera para ti?
“Quise guardar ese momento, pasan los años y lo que se queda son los recuerdos. Sin duda ha sido de los mejores partidos de mi vida.”
Ese partido no solo representó un juego amistoso, sino el punto más alto de una carrera que soñó con llegar más lejos. Hoy, al recordarlo, lo hace con gratitud y un dejo de tristeza. Porque entender que a veces los sueños no se logran no los vuelve menos reales; solo los convierte en capítulos que se atesoran para siempre.
Bella <3

